Thursday, December 07, 2006
La casa del trigo
"...I possess a secret remedy which I call laudanum and which is superior to all other heroic remedies."
Philippus Aureolus Theophrastus
Bombastus von Hohenheim:
"Paracelsus"
(1490-1541)
Comenzamos aquí, en el infinito. Supongo que alguien en esta casa ha de mantener la cordura por mucho que me atraiga la idea de tirarme al vacío de su viaje alucinante hasta el final del abismo. Allí alcanzo a ver pequeños seres que chapurrean una lengua muerta y oscuras bailarinas les mantienen, como una droga, embelesados con su tortuoso vaivén de carnes.
Aun recuerdo la mano de Peter, fuera de esta herida, tendiéndome un chicle a la salida del colegio. Hoy cumplo trece años y me tumbo a esperar en este hueco donde ellos me pican la cabeza y yo a ellos las plantas de los pies.
Mi hermana toca el violín. Siempre lo toca al caer la tarde. Las tardes en la casa del trigo no tienen viento. No hay viento ni disparos. Mi padre recoge las plantas del huerto de atrás. Lo veo desde mi ventana. Se apoya dulcemente sobre la hierba y examina minuciosamente la tierra. Hace pequeños cortes en las plantas, empleando para ello una hora. Sé que al alba oiré sus pasos de nuevo, porque ésa es la mejor hora, según ha leído en algunos libros que guarda bajo llave en el cajón secreto del dormitorio.
- No sé.
Mi madre le ofreció una infusión porque, para el frío, era lo más recomendable, y siguieron charlando en la habitación. Oía retazos de lo que decían pero en ningún momento escuché que mi hermana le contara a Henry nada de lo que realmente estaba ocurriendo. Lo consideré un acto de amor.
Cuando nuestros estómagos nos pedían a gritos que los alimentáramos, papá tuvo la más brillante idea: hizo vestir a mamá con un traje que él mismo había usado en su juventud, cuando escalaba, y le calzó unos skíes. Ella se había ofrecido para ir a buscar víveres al centro del pueblo. Recuerdo con nitidez su expresión perpleja bajo el gorro de lana mientras las gotas de sudor le caían por debajo de la nariz y los guijarros arañaban la suela de los skíes al chocar contra el seco suelo.
Lejano se aparece el momento en que la hierba seca se amontonaba muy cerca de la hoguera. Los chicos soñando con ligas de Rugby mientras sujetaban las patatas asadas pegadas al papel de aluminio con las manos ya muertas. Había otro mundo mejor – yo lo intuía – al cruzar las estrellas. Un niño aún despierto repetía:
¿Se acordaría de nosotros el Dr Sutton? El hombre de sonrisa fugaz con buenas historias. ¿Había soñado con el Dr Sutton? Para decidir que éramos aquellas estatuas de sal no necesitábamos volver con sed bíblica sobre nuestros propios pasos. Movida por la desconfianza de lo irreal, alargaba la mano y le tocaba la nariz a Emma. Alojando luego el dedo entre mis labios: un extraño sabor a manzana de caramelo.
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Aunque aún no sea una adulta, he visto cosas que puede que gente mayor no comprenda o, a veces, en mi enfermedad, examino con lucidez todo lo que ocurre a mi alrededor. Ésta me concede una especie de luz que excava hasta llegar al fondo más interno de la tierra.
Las palabras que alguna vez había oído y que forman parte del lenguaje habitual de personas ajenas a mí, puede que venidas de otros países o ancianos que recordaron dichos de siglos lejanos, ahora forman parte de mi habitual registro y, en nuestras conversaciones, me sorprendo a mí misma utilizando algún latinismo o expresiones puramente francesas que pronunciaron en alguna ocasión una boca que ya no recuerdo.
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Un día sucedió. Abrimos la ventana y vimos los copos caer y cegarnos a todos en una multitud de oro blanco resplandeciente. Mamá, Emma y yo nos miramos. Comprendiendo que todo había sido un error, abrazamos a papá. Milagrosamente, la nieve había esquivado el pequeño huerto y todas las plantas permanecían intactas. Mamá hizo una infusión para aliviar el frío.
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